lunes, 21 de marzo de 2011

Para ser cursi

Yo no me remito a ser cursi. Me alejo batiendo los brazos a mi propia cursilería, porque tiendo ha serlo, cuando beso demasiado la cara de mi chico bonito, o cuando me apretujo mucho a su cuerpo tibio porque no quiero soltarlo un momento mientras ve los Simpsons -como si tratara de un partido de fútbol entre todos los habitantes de la tierra y los marcianos invasores-, cuando elijo un chocolate para él en la tienda y le devuelvo el que elegí a la señora como cinco veces porque no elijo el correcto para él porque no es el suficientemente correcto.

Soy cursi. Soy tan cursi como mi pijama de las ardillas que dicen que son cursis. Pero rehúyo a ello.

No obstante, me gusta un poquito darle todas esas cosas a él, porque es Él. Es Elvis. Y lo quiero. Porque tenemos momentos que no comprendo, pero son especiales y divertidos y geniales en su forma de ser geniales. Porque somos nuestros propios payasos, porque somos compinches en una vida donde ya nadie es compinche de nadie. Porque nuestras venganzas son dulces para ambos, y las disfrutamos riéndonos. Porque no somos ni caballero ni señorita, pero nos tratamos así cuando no amamos secretamente. Porque nos gusta convinarnos y lo hacemos sin darnos cuenta. Porque comemos sin sentirnos culpables, y nos gusta lo que vemos, si que sí. Porque jugamos como amigos, siempre como ricos amigos, y nos gusta entrever en esa delgada línea del enamoramiento. Porque nos gsuta planear, y tenemos miles de planes que deben ser imposibles, para que sean sueños.


Porque nos encontramos en la vida casi por casualidad, y quién sabe si nos separeremos o si nos depara algo. Solo seguiremos dándonos vueltas porque es tan divertido y nos permite decirnos te quiero sin siquiera tocarnos.

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