Decidimos quedarnos del salón, era hora del break y todos estaban ojerosos por las amanecidas. Me acerqué un poco a las chicas y conversamos y hablamos sobre lo que le dijo el profesor. Nadie había tenido mucha suerte ese día, parecía que el profesor refunfuñaba mucho, o era muy estricto o todo lo que hacíamos no era suficiente. Umn... Estoy acosumbrada a salir bien. Esto no me gusta.
Una amiga se acercó hacia su asiento, adelante mío y Susana, otra amiga nuestra también. Puso su trabajo sobre la carpeta y se giró a mirarnos. Estaba apoyada en sus codos, con los lentes que se le caían y el cabello desprolijo. Miré a Susana y vi que sonrió, parecía que con lastima pero ella lucía también los ojos morados. -¿Qué te dijo?- le preguntó por fin, ella solo movió la cabeza de lado a lado y luego la dejó caer. Sacó la lengua por un costado y no reímos un poco. ¡Parecía un cachorrito!
-Pareciera que todo lo que hacemos es asqueroso, y feo, y.... Jodidamente MAL!- la voz de Cindy, la de lentes, se iba acrecentando cada vez más mientras golpeaba contra un pedazo de tecnopor con un lapicero hasta acerlo añicos. Susana intervino -¡HEY, HEY! ¡Cindy! ¡Tú no andas con palabrotas!- rió con un tic nervioso al final, -Tranquilizate, que el profesor sigue en el salón, luego vamos a conversar afuera- Cindy la miró y sus párpados caían sobre sus ojos con mayor peso de lo normal, con el ceño fruncido y su cara parecía sonrojada. Asintió lentamente.
Miré a Susana -Creo que no está calificando bien a nadie, ni a Gonzalo le ha dado una buena nota- sentí rubor. Sé que me ruboricé. Demonios. -Si pues, y eso que Gonzalo es bueno- sentí los ojos entrecerrados y la sonrisa amplia y prejuiciosa de Susana apuntándome. La mano de ella se extendió hasta Cindy, que ya se había dispuesto a echarse a reposar un poco y la removió como un saco de nada. -Hey, levantate- -Ya, ya- dijo entre sueños, acomodándose los lentecitos de ratón. -¿No es así, mi queridísima Cindy, que Gonzalo, nuestro amigo es muy bueno en los trabajos que nos deja este profesor de mierda?- Vi como se comenzaron a abrazar sobre la mesa, y mi rostro se ruborizaba, las miré con el ceño fruncido y me crucé de brazos. -Claro, claro- coreó Cindy.
-No es cierto que Gonzalito, es muy bueno terminando sus cositas, viniendo arregladito, bien guapito ¡ah! Tú sabes pues Irma, nos da a apreciar justo los "lados indicados" puesssss- arrastró la "s" como una borrachita y Cindy y yo nos reímos. Lo busqué con mirada. Estaba conversando con otras amigas, en unas carpetas más adelante. Su trabajo estaba prolijo sobre la carpeta. Sus ojeras eran moradas pero no tan notorias como las de todos. Tenía esa ventaja. Su pelo corto oscuro hacia contraste con su piel blanca y pálida por las noches sin sueño. Había veces que, cuando nos quedabamos en su casa -por que sí, tengo el beneficio de decir que me he quedado ahí, ¡yuju!- lo he mirado avanzando y es tan concentrado, tan enigmático y preciso, con un humor tan... tan...
-¡HEY IRMA! ¡La baba se te escurre por el cuello hijita!- Escuché las carcajadas de las chicas y volteé. Sentí que habían gritado demasiado alto y que Gonzalo también habría volteado, no quise verificar así que me agaché a ver el trabajo de Susana y desarmando uno de los palitos pensando si eso podría destruirlo por completo y así, nunca más me diría nada que me avergonzaría de tal forma.
Vi que Cindy bajo la cabeza hasta donde yo me encontraba y me miró. Ya había sacado cuatro palitos para ese entonces. Faltaban quince. -Oye, ¿pero Gonza no tiene flaca?- Yo le miré, ya lo sabía, una vez había ido a a universidad, había entrado, se supone que no debía entrar pero no sé como entró. Recuerdo que la presentó a algunas de las chicas, luego se fueron a comer a la cafetería y a jugar cartas. Se reían bastante aunque desde hace tres meses que no sé de ella, más que por comentarios de él.
-Bah- Susana bufó -Mientras ella no sepa nada, nadie sale dañado, ¿no? Es como ese dicho, lo que sucede en las Vegas, se queda en las Vegas, ya pues, lo que sucede en la universidad, se queda en la universidad... O una cosa así- Alzó los hombros y juntó los labios en una línea. -Pero pucha- dijo Cindy -Tampoco se trata de que ella solo sea su trampa de la universidad pues- me señaló mientras hablaba.
Trampa, se palabra sonaba feo. Miré a Gonzalo de nuevo. No parecía haber escuchado nada de lo anterior, o al menos, fingía no haberlo hecho. Ahora le tomaba fotos a sus amigas y a sus trabajos. Me gustaba la camisa azul que llevaba puesta, mucho. -Chicas, vamos- mi voz era gruesa. Busque un espejito en mi mochila, me miré y arregle mi pelo.
-¿Qué?- dijeron en unísono. -Quiero hablar con Gonzalo, pero no quiero ir sola, vamos, como quejándonos del profe- Ambas sonrieron al verme y se pararon. Caminamos hacia él. Pensé en la chica con la se reía esa vez, hace tres meses, de la que nos contaba a veces. Pensé en las Vegas, en la universidad, en las trampas, en Gonzalo, en su camisa, en lo que había debajo de su camisa, me sonroje, pensé de nuevo. No digamos trampas, digamos lovers. Es mas chic.
Nos miramos, me sonrió enormemente y yo también.
-Hola Gonzalo-
Entonces despiertas de un sueño que no es sueño, solo un vago reflejo de una realidad que se muestra mas amable ante los ojos sosegados por el sueño, el algodonado rosado de tus sábanas, y sonríes porque no te das cuenta que todo, algún día, rebentará.
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viernes, 22 de julio de 2011
viernes, 13 de mayo de 2011
Por quién vale la pena vivir
Echada en una cama, conectada a tantos cables que ya no quería ni contarlos, miraba por la ventana ocasionalmente, esperando que llegase el momento que llegáse él. No podía decir que sentía la brisa, pero la veía por la ventana. Añoraba los momentos en los cuales podía asomarse por una y sentir todo el aire fresco surtirle el pelo largo. Largo. Y sentir su rostro no tan lánguido, ruborizarse y sonreir. Esas cosas simples de la vida la hacían sonreir.
Miró hacia las paredes de purito blanco, y hacia la puerta grande, de alas batientes. No tenía relojes en su cuarto porque antes había tenido ataques de ansiedad, pero se las había arreglado para calcular la hora mirando la sombra de los aparatos de su cuarto. Especialmente del respirador y del que marcaba su tensión. Ya habían pasado un poquito de las tres, y él siempre venía de a las tres. Sintió sus dientes chocar, morderse y remorderse. No le gustaba el silencio después de las tres.
Vio nuevamente por la ventana, se empujó un poco y sus ojos se cerrraron rápidamente, hizo un gesto feo. Vio el estacionamiento y buscando el viejo Mustang verde que siempre parcaba ahí, en el mismo lugar. Contó hasta diez, tamboreteando con los dedos, mientras su brazo en el que se sostenía comenzaba a temblar. Volvió a hacer un mal gesto, abrió, cerro, volvió a cerra y volvió a abrir los ojos y lo vio, estaba entrando el Mustang. Se dejó caer despansurrada sobre la cama, y sintió como el aparato de tensión daba de alaridos avisores. Respiró agitada.
Jaló un poco el cateter de su mano derecha y apagó la máquina en un botoncito escondido. Ja! ellos creen que yo no se de estas cosas, se dijo sintiéndose astuta. Su pecho subía y bajaba, aún sobre-esforzada. Recordó el Mustang y volvió a jalar el cateter para poder estirar sus brazos, buscaba un espejito que le regalo una amiga -no tan buena quizás- sobre una mesita blanca, al costado izquierdo. Lo alcanzó a duras penas.
Comenzó a mirarse, sus ojos estaban morados y su piel muy pálida. -Bueno, yo nunca quise broncearme- se alentó. Se masajeó la zona de los ojos y se pelliscó las mejillas para colorearlas un poco. Se acomodó el gorrito de lana estrategicamente sobre la calva cabeza. Comenzó a escuchar pasos apresurados. Escondió el espejito tras su almohada.
-¡Hola!- Entro con su clásica camisa blanca y su pantalón negro, sus zapatos de vestir y su presurosa forma de ser. -Lamento tanto mi tardanza es que mi jefe es un idiota, y mi familia también es un estorbo- Sonrió ampliamente, ella respondió con un poco menos de entusiasmo. -Hay, no digas esas cosas feas, solo di que llegaste tarde- Él bajó los barandales de la cama de ella y se sentó a su costado. -Los chicos te mandan muchos saludos, dicen que quieren venir a verte- Tomó su mano, -¡Ay, pero que fría que estas!- -Ya deberías de haberte acostumbrado, tonto, cuando uno esta enfermo todo se malogra, hasta la temperatura!- Dijo quitándole la mano con rapidez.
-Y no quiero que venga nadie, ya me visitas tú, eso basta.- Se sostuvo las manos en el pecho, mirándo directamente hacia él. -Pues bueno, pero se resentirán contigo- Levantó las manos frente a él como no haciendole caso -Bueno, no serán los primeros- Ella, miró a otro lado, su rostro se torno un tanto más pálido y el débil rosado que había conseguido en sus mejillas, desapareció.
Se quedaron en silencio un rato, ella cruzó los brazos sobre su pecho plano y él se paró a mirar su carro. -Te traje esto- Le tiró desde la distancia, un bom-bom de chocolate. No había visto un chocolate desde hacía veinte años. Lo tomó entre sus manos y papardeó repetitivamente, luego lo miró con los ojos muy abiertos. -¿Por qué me das esto? Sabes que no puedo...-
Giró el rostro para verla de reojo -Estas demasiado enferma, ¿no? Todo se malogra, esto no te puede hacer mucho peor- Ella lo miró sorprendida, abrió lentamente el bom-bom y comenzó a llorar.
Miró hacia las paredes de purito blanco, y hacia la puerta grande, de alas batientes. No tenía relojes en su cuarto porque antes había tenido ataques de ansiedad, pero se las había arreglado para calcular la hora mirando la sombra de los aparatos de su cuarto. Especialmente del respirador y del que marcaba su tensión. Ya habían pasado un poquito de las tres, y él siempre venía de a las tres. Sintió sus dientes chocar, morderse y remorderse. No le gustaba el silencio después de las tres.
Vio nuevamente por la ventana, se empujó un poco y sus ojos se cerrraron rápidamente, hizo un gesto feo. Vio el estacionamiento y buscando el viejo Mustang verde que siempre parcaba ahí, en el mismo lugar. Contó hasta diez, tamboreteando con los dedos, mientras su brazo en el que se sostenía comenzaba a temblar. Volvió a hacer un mal gesto, abrió, cerro, volvió a cerra y volvió a abrir los ojos y lo vio, estaba entrando el Mustang. Se dejó caer despansurrada sobre la cama, y sintió como el aparato de tensión daba de alaridos avisores. Respiró agitada.
Jaló un poco el cateter de su mano derecha y apagó la máquina en un botoncito escondido. Ja! ellos creen que yo no se de estas cosas, se dijo sintiéndose astuta. Su pecho subía y bajaba, aún sobre-esforzada. Recordó el Mustang y volvió a jalar el cateter para poder estirar sus brazos, buscaba un espejito que le regalo una amiga -no tan buena quizás- sobre una mesita blanca, al costado izquierdo. Lo alcanzó a duras penas.
Comenzó a mirarse, sus ojos estaban morados y su piel muy pálida. -Bueno, yo nunca quise broncearme- se alentó. Se masajeó la zona de los ojos y se pelliscó las mejillas para colorearlas un poco. Se acomodó el gorrito de lana estrategicamente sobre la calva cabeza. Comenzó a escuchar pasos apresurados. Escondió el espejito tras su almohada.
-¡Hola!- Entro con su clásica camisa blanca y su pantalón negro, sus zapatos de vestir y su presurosa forma de ser. -Lamento tanto mi tardanza es que mi jefe es un idiota, y mi familia también es un estorbo- Sonrió ampliamente, ella respondió con un poco menos de entusiasmo. -Hay, no digas esas cosas feas, solo di que llegaste tarde- Él bajó los barandales de la cama de ella y se sentó a su costado. -Los chicos te mandan muchos saludos, dicen que quieren venir a verte- Tomó su mano, -¡Ay, pero que fría que estas!- -Ya deberías de haberte acostumbrado, tonto, cuando uno esta enfermo todo se malogra, hasta la temperatura!- Dijo quitándole la mano con rapidez.
-Y no quiero que venga nadie, ya me visitas tú, eso basta.- Se sostuvo las manos en el pecho, mirándo directamente hacia él. -Pues bueno, pero se resentirán contigo- Levantó las manos frente a él como no haciendole caso -Bueno, no serán los primeros- Ella, miró a otro lado, su rostro se torno un tanto más pálido y el débil rosado que había conseguido en sus mejillas, desapareció.
Se quedaron en silencio un rato, ella cruzó los brazos sobre su pecho plano y él se paró a mirar su carro. -Te traje esto- Le tiró desde la distancia, un bom-bom de chocolate. No había visto un chocolate desde hacía veinte años. Lo tomó entre sus manos y papardeó repetitivamente, luego lo miró con los ojos muy abiertos. -¿Por qué me das esto? Sabes que no puedo...-
Giró el rostro para verla de reojo -Estas demasiado enferma, ¿no? Todo se malogra, esto no te puede hacer mucho peor- Ella lo miró sorprendida, abrió lentamente el bom-bom y comenzó a llorar.
viernes, 22 de abril de 2011
Servicio al cuarto.
Estaba la habitación oscura, él se paró para prender la luz, luego se cubrió un poco con las manos la vista y se fregó los ojos. Una mujer emergió de entre las sábanas, lánguida, se tapó su desnudez y lo miró, lucía el ceño fruncido.
-No te vistas- dijo, sus manos arrugaron la sábana más cerca de ella. Él volteó y ella hizo un chasquido con la lengua, como llamando su atención.
-¿Qué?- giró a verla, estaba sentada, con el cabello enmarañado -Que no te vistas- él soltó la ropa que sostenía, y la miró. Esperaba que dijera algo.
-¿Por qué siempre tiene que acabar así?- lo miró con cierta impotencia -¿Acabar cómo?- se reacomodó parado e hizo un gesto feo. -¿Acaso no la has pasado bien?-
-Eres un idiota- Giró la cabeza lanzando una mano al aire, la sábana corrió un poco, y ella la sostuvo y se volvió a cubrir. No podían ni verse sus pies.
Se volteó dispuesto a recoger la prenda que había dejado caer hacía un rato cuando le volvió a llamar. -Estoy cansada- ella sintió un reflujo agrió en su boca -Yo también- y él se carcajeó. -¡¿Puedes ponerme atención por un instante, por favor?!- Había dado un manotazo a la cama, sus ojos estaban inyectados y lo miraban.
-¿Qué sucede?- Tenía un bóxer en la mano, comenzó a ponérselo. -Pasa que siempre es igual, venimos, pasaaa- alargó las "a" y señaló la cama -Esto- Tragó con fuerza -Y luego te vas, te vas, te vas.
La miró un momento, su rostro estaba un tanto enrojecido, sus ojos marrones estaban negros. -Sabes que no puedo quedarme- Dijo con voz conciliadora. -Siempre lo has sabido- agachó la cabeza, como avergonzado.
-Pero me dijiste que esto sería fácil- Su voz bajó y sus ojos grandes se abrieron, redondos. -Y no es nada fácil- Sus brazos cayeron a ambos lados de la cama, como derrumbados, y la sábana se corrió.
Se sentó en la cama con ella y corrió la sábana hacia ella, descubriéndole solo los pies. -Cariño...- Acarició sus piernas sobre la tela. -No me digas así, al menos no ahora- Se quedó callado y miró hacia la ventana de la habitación por un momento -¿Cuándo podré volver a decirte cariño?- Suspiraron -Cuando ya no sea tu "novia" de los fines de semanas- Se movió alejando su cuerpo de él, se acurrucó al otro lado de la cama y lo miró.
Él también la miraba, -Sabes que te quiero, ¿verdad?- le dijo, -Tú quieres lo que puedo hacer, no lo que soy- dijo sin parpadear. Sus ojos entraban entrecerrados, como analizándolo. -Pero somos amigos- -Lo fuimos- -¿Por qué fuimos?- -Porque uno no hace daño a quien quiere, y uno quiere a sus amigos, ¿no? Al menos a los buenos, y creo que fuimos buenos amigos- Cuando habló, sonó sabia. Puso una mano bajo su cabeza, como si fuera a dormir.
-Entonces no soy amigo de mi esposa, ni de mi hijo- concluyó él. Alzó una ceja como cuestionando -Claro- respondió. Se quedó pensando un largo momento, entonces vio que ella se paraba y, mientras la seguía con la mirada, preguntó -Entonces, si no me consideras tu amigo y no crees que te quiera, ¿por qué quieres que estemos juntos?- La vio ponerse su ropa interior, una falda y girar hacia él.
-Porque yo te quiero, porque ya te quise como mi amigo y eso ya murió, y ahora te quiero como mi novio, a pesar que tú no me quieras.- Caminó hacia él blandiendo unas pantimedias -Quiero poder pasearme por la calle y presentarte a mis amigos y a mi madre y estar juntos y vivir juntos y tener un perro. Creo que eso sería bonito- Se sentó al lado de él y lo miró.
Se quedaron callados un largo rato, el sonido de las manos de ella estirando las pantys resonaba. -Yo ya tengo todo eso- murmulló, -No puedo dejarlo tan libremente... Así, como así- Suspiró.
-Entonces este trato ha terminado en esta habitación el día de hoy- Se paró rápidamente, lanzó la pantimedia a un costado, había estirado las costuras y no servía. Se paró frente a él -Mírame y dame la mano, que esta es la última vez, mi querido desconocido de sábanas- Su cuerpo espigado se paraba estiradito frente a él, por lo contrario, él estaba encorvado frente a ella, con la cabeza baja. Alzó la mirarla.
-No me digas eso- pidió, su rostro palideció. -Sí, sí puedo, yo sabía a lo que me atenía y ahora que no puedo tener más, no quiero tenerte- Su voz segura le sorprendía, -¿Pero puedo buscarte?- Tomó su mano -No seas ridículo- Ella giró el rostro hacia el techo, sus ojos se pusieron de un claro marrón. -Cuando alguien dice "adiós" es "adiós", no "hasta luego", sino diría "hasta luego" y no he dicho eso-
Un murmullo resonó entre los pantalones de él en piso, Y es que tienes algo muy especial. Tienes un encanto que me va a matar. Eres como una rosa que no la puedo tocar. Y solo quiero decirte una vez más que te quie-. Se quedaron en silencio escuchando la canción hasta que el celular se cortó. Ambos mirando en dirección a donde venía la música. -Te está llamando- tenía los ojos entrecerrados de nuevo, los labios entre abiertos y la voz ida. Se volteó inmediatamente por el resto de sus prendas.
-¡Espera!- se paró alarmado -No puedes irte, ha sonada nuestra canción, ¡debe ser algo! ¡debe significar algo!- camino un par de pasos hacia ella, pero no la toco, solo la miraba. -Lo único que significa, es que tu esposa y que yo compartimos lo que tú llamas nuestra canción- Se puso una blusa y se metió al baño -Y eso me parece horrendo- su voz desde el baño sonaba más terminadora. El ringtone comenzó a sonar de nuevo. -¿Puedes contestarle, por favor? Es irritante- Arrastrando los pies, recogió su pantalón como ordenó ella y cogió su celular. Eres como una rosa que no puedo tocar-.
Conversó con su mujer unos minutos, ella no sospechaba nada, era quizás lo mejor y lo pero en estos momentos, sentía su lengua y sus mejillas temblar y ella exclamaba cuanto debía extrañarla, que lo extrañaba también. Colgó. Volteó y sintió los ojos aguados cuando la vio vestida.
-Ahora sí, dame la mano- Estaba peinada, con su saco y su blusa y su falda de oficina, bien arreglada. Tan linda, se dijo. -No quiero- suspiró -¿Por qué debo creerte que me quieres y tú no puedes creer que yo sí te quiero?- sonaba suplicante de una forma un tanto dolorosa. Se talló los ojos rojos. -Puede que me quieras- Ella caminó hacia él y tomó su mano enlazando sus dedos. -Pero no lo suficiente como yo quisiera- Le sonrió -Ahora recoge esos pantalones, vístete, que necesito que seas rápido-
Él se agachó y tomó la ropa que dijo, se le escapaba de los dedos, su espalda se encorvaba. -A ver- Ella le quitó los pantalones de la mano y se arrodillo, le pidió que levantase una pierna y los metió cada boca del pantalón como debía, luego los subió y los cerró, él la miraba. Sus ojos caían hacia los lados, como en los peluches tristes. -Ahora la camisa- la recogió y se la puso de la misma forma, él no se movía, solo la miraba, tan atento, abotonó casi todos los botoncitos, dejando los dos primeros sueltos.
-Así te ves más sexy- le sonrió. Puso su palma en su pecho y él la abrazó deliberadamente. Era la primera vez que él la tocaba después de eso. -Dame un segundo- susurró bajo en su oído, ella asintió despacio y dio un profundo suspiro. Rodeó sus brazos su cuello y posó su mano en la cabeza de él, dejando caer su mejilla el hombro de él. Pasaron veinte minutos hasta que se separaron.
Se limpió la cara con la manga de camisa -Me siento idiota- trató de reír un poquito al final. Ella sonrió -Eres un poco idiota, pero está bien- dio un par de pasos atrás -Ahora sí, ¿puedes darme la mano?- Estiró la mano con todos los dedos juntitos -No- -¿Por qué?- Sus ojos redondos se abrieron cuestionando, -Porque sí somos amigos, o al menos, sí eres mi amiga y no quiero despedirme así de ti, déjame darte un beso e irme feliz a mi horrible familia- Su rostro blanco, pálido, con las mejillas rosadas, la miró. Con los ojos más negros que nunca. Una sonrisa-mueca linda nació en su boca.
Ella lo vio con sus ojos grandes, sonrió, y bajó su mano. -Será un solo beso, un beso de amigos y... Nada más, okey?- -Okey- Se acercó como cuidando sus pasos y, entrelazando de nuevo sus manos con las de él, rió como una chiquilla. -Me haces hacer tantas ridiculeces- -Pero es bonito- Se acercó, y juntaron sus frentes.
Ella acunó su rostro con una mano y él cerró los ojos, se acercó y se dieron un beso suave. No ahondaron en nada apasionado, toda aquella pasión ya había quedado entretejida en las sábanas. Se abrazaron fuertemente, ella se empinó y él la alzó del piso dentro de su abrazo. El beso terminó con un sonoro "muaak" como en los cartoons de la televisión y ambos cayeron parados al suelo.
-Esa ha sido una despedida que nunca olvidaré, cariño- dijo después de un largo momento de silencio. Ella no lo miraba, lucía desubicada. -Bueno... Como ves, yo tampoco- parpadeó varias veces y se espabiló torpemente como buscando bien su centro. -Fue mucho mejor que darte la mano, eso es seguro- sonrió, ruborizada, él respondió el gesto. Él se sentó en la cama.
-Ahora, debo irme, ¿cuídate, si? Y por favor, nunca digas nada de esto, solo para que, al menos, sí sea lo único nuestro-nuestro- comenzó a caminar en retroceso, acercándose a la puerta, miró de reojo, donde estaba su cartera, y se acercó a ella, la tomó y luego se acercó a él de nuevo -Te lo prometo por nuestra amistad- Ella bufó -Solo promételo- hizo una mueca nostálgica. Él levantó un dedo e hizo una cruz sobre su pecho, -Lo prometo-.
-Gracias- de su cartera sacó unas mentas y unos cigarros mentolados. -Solo cuando haya salido de aquí- Y se los tiró a la cama. -Gracias- Los alzó en la mano con un gesto amable en el rostro. -Cuídate también, chica bonita- La miró tomar la perilla de la puerta y salir medio cuerpo. Ella regresó a verlo y le lanzó un beso volado, él le guiñó el ojo y se fue, y ahí acabó todo.
-No te vistas- dijo, sus manos arrugaron la sábana más cerca de ella. Él volteó y ella hizo un chasquido con la lengua, como llamando su atención.
-¿Qué?- giró a verla, estaba sentada, con el cabello enmarañado -Que no te vistas- él soltó la ropa que sostenía, y la miró. Esperaba que dijera algo.
-¿Por qué siempre tiene que acabar así?- lo miró con cierta impotencia -¿Acabar cómo?- se reacomodó parado e hizo un gesto feo. -¿Acaso no la has pasado bien?-
-Eres un idiota- Giró la cabeza lanzando una mano al aire, la sábana corrió un poco, y ella la sostuvo y se volvió a cubrir. No podían ni verse sus pies.
Se volteó dispuesto a recoger la prenda que había dejado caer hacía un rato cuando le volvió a llamar. -Estoy cansada- ella sintió un reflujo agrió en su boca -Yo también- y él se carcajeó. -¡¿Puedes ponerme atención por un instante, por favor?!- Había dado un manotazo a la cama, sus ojos estaban inyectados y lo miraban.
-¿Qué sucede?- Tenía un bóxer en la mano, comenzó a ponérselo. -Pasa que siempre es igual, venimos, pasaaa- alargó las "a" y señaló la cama -Esto- Tragó con fuerza -Y luego te vas, te vas, te vas.
La miró un momento, su rostro estaba un tanto enrojecido, sus ojos marrones estaban negros. -Sabes que no puedo quedarme- Dijo con voz conciliadora. -Siempre lo has sabido- agachó la cabeza, como avergonzado.
-Pero me dijiste que esto sería fácil- Su voz bajó y sus ojos grandes se abrieron, redondos. -Y no es nada fácil- Sus brazos cayeron a ambos lados de la cama, como derrumbados, y la sábana se corrió.
Se sentó en la cama con ella y corrió la sábana hacia ella, descubriéndole solo los pies. -Cariño...- Acarició sus piernas sobre la tela. -No me digas así, al menos no ahora- Se quedó callado y miró hacia la ventana de la habitación por un momento -¿Cuándo podré volver a decirte cariño?- Suspiraron -Cuando ya no sea tu "novia" de los fines de semanas- Se movió alejando su cuerpo de él, se acurrucó al otro lado de la cama y lo miró.
Él también la miraba, -Sabes que te quiero, ¿verdad?- le dijo, -Tú quieres lo que puedo hacer, no lo que soy- dijo sin parpadear. Sus ojos entraban entrecerrados, como analizándolo. -Pero somos amigos- -Lo fuimos- -¿Por qué fuimos?- -Porque uno no hace daño a quien quiere, y uno quiere a sus amigos, ¿no? Al menos a los buenos, y creo que fuimos buenos amigos- Cuando habló, sonó sabia. Puso una mano bajo su cabeza, como si fuera a dormir.
-Entonces no soy amigo de mi esposa, ni de mi hijo- concluyó él. Alzó una ceja como cuestionando -Claro- respondió. Se quedó pensando un largo momento, entonces vio que ella se paraba y, mientras la seguía con la mirada, preguntó -Entonces, si no me consideras tu amigo y no crees que te quiera, ¿por qué quieres que estemos juntos?- La vio ponerse su ropa interior, una falda y girar hacia él.
-Porque yo te quiero, porque ya te quise como mi amigo y eso ya murió, y ahora te quiero como mi novio, a pesar que tú no me quieras.- Caminó hacia él blandiendo unas pantimedias -Quiero poder pasearme por la calle y presentarte a mis amigos y a mi madre y estar juntos y vivir juntos y tener un perro. Creo que eso sería bonito- Se sentó al lado de él y lo miró.
Se quedaron callados un largo rato, el sonido de las manos de ella estirando las pantys resonaba. -Yo ya tengo todo eso- murmulló, -No puedo dejarlo tan libremente... Así, como así- Suspiró.
-Entonces este trato ha terminado en esta habitación el día de hoy- Se paró rápidamente, lanzó la pantimedia a un costado, había estirado las costuras y no servía. Se paró frente a él -Mírame y dame la mano, que esta es la última vez, mi querido desconocido de sábanas- Su cuerpo espigado se paraba estiradito frente a él, por lo contrario, él estaba encorvado frente a ella, con la cabeza baja. Alzó la mirarla.
-No me digas eso- pidió, su rostro palideció. -Sí, sí puedo, yo sabía a lo que me atenía y ahora que no puedo tener más, no quiero tenerte- Su voz segura le sorprendía, -¿Pero puedo buscarte?- Tomó su mano -No seas ridículo- Ella giró el rostro hacia el techo, sus ojos se pusieron de un claro marrón. -Cuando alguien dice "adiós" es "adiós", no "hasta luego", sino diría "hasta luego" y no he dicho eso-
Un murmullo resonó entre los pantalones de él en piso, Y es que tienes algo muy especial. Tienes un encanto que me va a matar. Eres como una rosa que no la puedo tocar. Y solo quiero decirte una vez más que te quie-. Se quedaron en silencio escuchando la canción hasta que el celular se cortó. Ambos mirando en dirección a donde venía la música. -Te está llamando- tenía los ojos entrecerrados de nuevo, los labios entre abiertos y la voz ida. Se volteó inmediatamente por el resto de sus prendas.
-¡Espera!- se paró alarmado -No puedes irte, ha sonada nuestra canción, ¡debe ser algo! ¡debe significar algo!- camino un par de pasos hacia ella, pero no la toco, solo la miraba. -Lo único que significa, es que tu esposa y que yo compartimos lo que tú llamas nuestra canción- Se puso una blusa y se metió al baño -Y eso me parece horrendo- su voz desde el baño sonaba más terminadora. El ringtone comenzó a sonar de nuevo. -¿Puedes contestarle, por favor? Es irritante- Arrastrando los pies, recogió su pantalón como ordenó ella y cogió su celular. Eres como una rosa que no puedo tocar-.
Conversó con su mujer unos minutos, ella no sospechaba nada, era quizás lo mejor y lo pero en estos momentos, sentía su lengua y sus mejillas temblar y ella exclamaba cuanto debía extrañarla, que lo extrañaba también. Colgó. Volteó y sintió los ojos aguados cuando la vio vestida.
-Ahora sí, dame la mano- Estaba peinada, con su saco y su blusa y su falda de oficina, bien arreglada. Tan linda, se dijo. -No quiero- suspiró -¿Por qué debo creerte que me quieres y tú no puedes creer que yo sí te quiero?- sonaba suplicante de una forma un tanto dolorosa. Se talló los ojos rojos. -Puede que me quieras- Ella caminó hacia él y tomó su mano enlazando sus dedos. -Pero no lo suficiente como yo quisiera- Le sonrió -Ahora recoge esos pantalones, vístete, que necesito que seas rápido-
Él se agachó y tomó la ropa que dijo, se le escapaba de los dedos, su espalda se encorvaba. -A ver- Ella le quitó los pantalones de la mano y se arrodillo, le pidió que levantase una pierna y los metió cada boca del pantalón como debía, luego los subió y los cerró, él la miraba. Sus ojos caían hacia los lados, como en los peluches tristes. -Ahora la camisa- la recogió y se la puso de la misma forma, él no se movía, solo la miraba, tan atento, abotonó casi todos los botoncitos, dejando los dos primeros sueltos.
-Así te ves más sexy- le sonrió. Puso su palma en su pecho y él la abrazó deliberadamente. Era la primera vez que él la tocaba después de eso. -Dame un segundo- susurró bajo en su oído, ella asintió despacio y dio un profundo suspiro. Rodeó sus brazos su cuello y posó su mano en la cabeza de él, dejando caer su mejilla el hombro de él. Pasaron veinte minutos hasta que se separaron.
Se limpió la cara con la manga de camisa -Me siento idiota- trató de reír un poquito al final. Ella sonrió -Eres un poco idiota, pero está bien- dio un par de pasos atrás -Ahora sí, ¿puedes darme la mano?- Estiró la mano con todos los dedos juntitos -No- -¿Por qué?- Sus ojos redondos se abrieron cuestionando, -Porque sí somos amigos, o al menos, sí eres mi amiga y no quiero despedirme así de ti, déjame darte un beso e irme feliz a mi horrible familia- Su rostro blanco, pálido, con las mejillas rosadas, la miró. Con los ojos más negros que nunca. Una sonrisa-mueca linda nació en su boca.
Ella lo vio con sus ojos grandes, sonrió, y bajó su mano. -Será un solo beso, un beso de amigos y... Nada más, okey?- -Okey- Se acercó como cuidando sus pasos y, entrelazando de nuevo sus manos con las de él, rió como una chiquilla. -Me haces hacer tantas ridiculeces- -Pero es bonito- Se acercó, y juntaron sus frentes.
Ella acunó su rostro con una mano y él cerró los ojos, se acercó y se dieron un beso suave. No ahondaron en nada apasionado, toda aquella pasión ya había quedado entretejida en las sábanas. Se abrazaron fuertemente, ella se empinó y él la alzó del piso dentro de su abrazo. El beso terminó con un sonoro "muaak" como en los cartoons de la televisión y ambos cayeron parados al suelo.
-Esa ha sido una despedida que nunca olvidaré, cariño- dijo después de un largo momento de silencio. Ella no lo miraba, lucía desubicada. -Bueno... Como ves, yo tampoco- parpadeó varias veces y se espabiló torpemente como buscando bien su centro. -Fue mucho mejor que darte la mano, eso es seguro- sonrió, ruborizada, él respondió el gesto. Él se sentó en la cama.
-Ahora, debo irme, ¿cuídate, si? Y por favor, nunca digas nada de esto, solo para que, al menos, sí sea lo único nuestro-nuestro- comenzó a caminar en retroceso, acercándose a la puerta, miró de reojo, donde estaba su cartera, y se acercó a ella, la tomó y luego se acercó a él de nuevo -Te lo prometo por nuestra amistad- Ella bufó -Solo promételo- hizo una mueca nostálgica. Él levantó un dedo e hizo una cruz sobre su pecho, -Lo prometo-.
-Gracias- de su cartera sacó unas mentas y unos cigarros mentolados. -Solo cuando haya salido de aquí- Y se los tiró a la cama. -Gracias- Los alzó en la mano con un gesto amable en el rostro. -Cuídate también, chica bonita- La miró tomar la perilla de la puerta y salir medio cuerpo. Ella regresó a verlo y le lanzó un beso volado, él le guiñó el ojo y se fue, y ahí acabó todo.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Recuerdos y magia
Era como caminar, se dijo. Mientras dan pequeños pasos entre todas las letras, los números y las imágenes que no eran de ella. Rebuscaba un poco, como haciendose la despistada, la que no sabía que pasaba.
Recogió una hoja pequeña, algo escrito. No era de aquel lugar en donde estaba, era suyo. Seguro se había deslizado desde adentro de ella, de alguna luz de su interior. Lo tomó veloz mente para que no se lo quedase aquel lugar y nunca y nunca lo sepa. Lo leyó aunque sabía lo que decía, no lo había escrito hace mucho por lo que recordaba bien lo que cada palabra significaba. Ya no podía entregar esa carta, se dijo. Mientras se devolvía dentro de ella desde su centro. Ya no era el momento.
Caminó un poco más entre las letras, entre las palabras de esa cavidad infinita. Todo lucía borroso y como en trasparencias. Paparedeó varias veces. Miró hasta otro lado y encontró entre todas las lentras espesas y desmoronadas, un nombre familiar, se acercó alejando unas imágenes que aparecieron de pronto. Se quedó de pie frente a ese nombre, podía verlo bien, lo recordaba. Se frotó la frente y entre cerró los ojos frunciendo el ceño. Volvió a abrirlos y el nombre seguía ahí, solo que había tornado otro color. De pronto, una imagen de dentro de sí salió. Brillaba, brillaba muy fuerte.
Una vez fuera la sujetó con ambas manos, sentía que se deslizaría porque la imágen parecía estar hecha de agua. La acercó a su rostro y estrechó los ojos. Habían dos personas. Miró de nuevo el nombre. En la imagen estaba la persona de aquel nombre.
Se quedó un momento parada mirando la imagen, la tocó con cuidado para que no se rompieran las gotas. Miró a ambos individuos, miró el fondo de la foto. No reconocía nada. Ella no había estado ahí. Yo no he estado ahí, dijo por fin en voz alta. Entonces un nido de palabras se formó a su izquierda y otra imagen salió. Era otro personaje de la foto, pero solo. No se movió de su sitio, solo miró de lejos, como adormecida. Luego regresó la mirada a la imagen en su mano, esa imagen hecha de agua, y la dejo caer al infinito, donde la vio absorverse por el espacio.
De pronto, la imagen apareció a su derecha y en medio el nombre, y en medio la otra imagen de aquella otra persona. No miró ninguna imagen, no miró las palabras donde estaba parada, solo estiró un brazo y tocó el nombre con toda la palma de su mano, hasta que sete se empujó hacia adentro.
Entonces, se abrió una ventisca uniforme que la botó lejos del lugar en le que estaba parada y la cavidad se expandió, las imágenes desaparecieron, se replegaron hacia los lados mas estrechos y el camino se hizo angosto. Todo se lleno de palabras, letrillas, unas mas grande que otras. Qué demonios, se dijo bajo, mientras miraba todo lo que había formado frente a ella. Sus ojso comenzaron a rodar sobre las letrillas y vio como estas se encendían conforme ella las dejaba atrás. No era un conjunto largo, solo era imponente, pensaba mientras se ponía de pie sin dejar de vislumbrar cada palabra.
Una vez terminada con todo lo escrito, no quedó nada en la cavidad, solo un fondo brillante con quemaduras, sin camino y con imágenes elastisadas. Sus ojos estaban irritados y se mordía los labios constantemente. Caminó hasta una de ellas, hacia la del personaje solo y presionó, hizo fuerza con sus talones y con sus antebrazos. Arrimó algunas cenizas y otras palabras que quedaron apiñadas en el camino mientras oponía fuerza. Ábrete, debo salir de aquí, ¡no puedo quedarme aquí! alzó la voz mientras sentía la sangre brillar en su cuerpo, enrojeció.
Entonces, la imagen se compungió hacia adentro como un bloque de cemento y se vio una luz amarillenta en el fondo. Estaba cerca, presionó con mayor ímpetu y llegó a ver como desencaba aquel recuadro pesado de la cavidad, podía ver algo afuera. Ella brilló desde adentro y algo se cayó.
No prestó importancia, siguió empujando, una gota de sudor resbalo inquieta por su frente hasta su cuello. Había un espacio por donde podía salir si se apretaba bien. Brilló de nuevo y algo más cayó de ella. Logró deslizarse entre ambos labrillos inmesos del espacio de palabras quemadas e imagenes estrechas y, saliendo, vio mientras el finito se tragaba aquella hoja pequeña y una fotografía que también estaba hecha agua, pero hecha de una agua muy azulina. No logró alcanzarlos y salió.
Entonces supo ese secreto y se quedó con ese pedacito de ella, para que no lo recuerde más.
Recogió una hoja pequeña, algo escrito. No era de aquel lugar en donde estaba, era suyo. Seguro se había deslizado desde adentro de ella, de alguna luz de su interior. Lo tomó veloz mente para que no se lo quedase aquel lugar y nunca y nunca lo sepa. Lo leyó aunque sabía lo que decía, no lo había escrito hace mucho por lo que recordaba bien lo que cada palabra significaba. Ya no podía entregar esa carta, se dijo. Mientras se devolvía dentro de ella desde su centro. Ya no era el momento.
Caminó un poco más entre las letras, entre las palabras de esa cavidad infinita. Todo lucía borroso y como en trasparencias. Paparedeó varias veces. Miró hasta otro lado y encontró entre todas las lentras espesas y desmoronadas, un nombre familiar, se acercó alejando unas imágenes que aparecieron de pronto. Se quedó de pie frente a ese nombre, podía verlo bien, lo recordaba. Se frotó la frente y entre cerró los ojos frunciendo el ceño. Volvió a abrirlos y el nombre seguía ahí, solo que había tornado otro color. De pronto, una imagen de dentro de sí salió. Brillaba, brillaba muy fuerte.
Una vez fuera la sujetó con ambas manos, sentía que se deslizaría porque la imágen parecía estar hecha de agua. La acercó a su rostro y estrechó los ojos. Habían dos personas. Miró de nuevo el nombre. En la imagen estaba la persona de aquel nombre.
Se quedó un momento parada mirando la imagen, la tocó con cuidado para que no se rompieran las gotas. Miró a ambos individuos, miró el fondo de la foto. No reconocía nada. Ella no había estado ahí. Yo no he estado ahí, dijo por fin en voz alta. Entonces un nido de palabras se formó a su izquierda y otra imagen salió. Era otro personaje de la foto, pero solo. No se movió de su sitio, solo miró de lejos, como adormecida. Luego regresó la mirada a la imagen en su mano, esa imagen hecha de agua, y la dejo caer al infinito, donde la vio absorverse por el espacio.
De pronto, la imagen apareció a su derecha y en medio el nombre, y en medio la otra imagen de aquella otra persona. No miró ninguna imagen, no miró las palabras donde estaba parada, solo estiró un brazo y tocó el nombre con toda la palma de su mano, hasta que sete se empujó hacia adentro.
Entonces, se abrió una ventisca uniforme que la botó lejos del lugar en le que estaba parada y la cavidad se expandió, las imágenes desaparecieron, se replegaron hacia los lados mas estrechos y el camino se hizo angosto. Todo se lleno de palabras, letrillas, unas mas grande que otras. Qué demonios, se dijo bajo, mientras miraba todo lo que había formado frente a ella. Sus ojso comenzaron a rodar sobre las letrillas y vio como estas se encendían conforme ella las dejaba atrás. No era un conjunto largo, solo era imponente, pensaba mientras se ponía de pie sin dejar de vislumbrar cada palabra.
Una vez terminada con todo lo escrito, no quedó nada en la cavidad, solo un fondo brillante con quemaduras, sin camino y con imágenes elastisadas. Sus ojos estaban irritados y se mordía los labios constantemente. Caminó hasta una de ellas, hacia la del personaje solo y presionó, hizo fuerza con sus talones y con sus antebrazos. Arrimó algunas cenizas y otras palabras que quedaron apiñadas en el camino mientras oponía fuerza. Ábrete, debo salir de aquí, ¡no puedo quedarme aquí! alzó la voz mientras sentía la sangre brillar en su cuerpo, enrojeció.
Entonces, la imagen se compungió hacia adentro como un bloque de cemento y se vio una luz amarillenta en el fondo. Estaba cerca, presionó con mayor ímpetu y llegó a ver como desencaba aquel recuadro pesado de la cavidad, podía ver algo afuera. Ella brilló desde adentro y algo se cayó.
No prestó importancia, siguió empujando, una gota de sudor resbalo inquieta por su frente hasta su cuello. Había un espacio por donde podía salir si se apretaba bien. Brilló de nuevo y algo más cayó de ella. Logró deslizarse entre ambos labrillos inmesos del espacio de palabras quemadas e imagenes estrechas y, saliendo, vio mientras el finito se tragaba aquella hoja pequeña y una fotografía que también estaba hecha agua, pero hecha de una agua muy azulina. No logró alcanzarlos y salió.
Entonces supo ese secreto y se quedó con ese pedacito de ella, para que no lo recuerde más.
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