sábado, 13 de noviembre de 2010

Muérdeme los labios.

Estaba frente al espejo, me miraba mi reflejo o ella me miraba a mí, Nos sonreímos. Pensamos en mañana. Sonreímos más. Las mejillas se llenaron de un rojo sangre, no, sangre no, un rojo dulce, como esas paletas grandes de caramelo que nunca puedes comerte. Sí, esas paletas. Movimos la cabeza de un lado al otro. El cabello de agitó en esa colita de cabello que me ajusto tan calculadoramente, pero con los cabellos en la cara, y los ojitos vidriosos nos miramos, el espejo y yo, mi reflejo y yo, falta poco para la hora y nada importa, porque no hay ilusiones de habitación, ni de lugares ni de cómo será. Estamos juntos ahí. "Y somos artístas" Sí, lo somos. Sonreímos de nuevo.

Tenemos tiempo, late el corazón de pronto. Mis ojos grandes miran la luz proble y amarillenta. Esos ojos ovalados y marrón caramelo como dice papá. Estoy mas ansiosa porque la única ilusión que sostengo es la única que debo sostener, y, por primera vez en mi vida, me siento satisfecha por ello, no conformada, no, no, no; sino llena, plena y feliz. Bordeando los límites de la jarra que es mi vida. Como un dique que explotará, en horas. Horas.

Y tendremos espacio para rodar, y jugar... Y demonios! No he hecho las cartas! Una palma se estampa en mi frente de manera torpe y salgo a trompicones del baño. Miro a todos lados antes de tomar la notebook y abrirla sin razón, la prendo y no busco cartulinas, no busco nada. Escribo. Necesidades fisiológicas, recuerda mi mente en una risa que se ahoga entre mis labios y añoro la idea de que estés ahí, al otro lado de la línea, pero no te busco. Déjemos esa sensación para mañana, para cuando estes en la puerta para mí, para mí solita.

Y le demos un nuevo significado a Volde, una vez más.

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